Cuándo un ciclo termina: Los Duelos Que También Merecen Ser Vistos

Melina La Torre

lunes, 29 de diciembre de 2025

29 dic 2025

lunes, 29 de diciembre de 2025

Hay una idea muy instalada cuando hablamos de duelo: que el duelo es solo por la muerte de alguien.

Pero en la vida se pierden muchas cosas. Y no todas tienen nombre.

Llega el final de año y algo se mueve. No siempre sabemos qué, pero lo sentimos en el cuerpo. Una mezcla rara de cansancio, nostalgia, alivio, tristeza y expectativa. Se cierran ciclos. Se terminan etapas. Y aunque nadie haya muerto, algo muere igual.

Esta vez quiero hablar de esos finales que pasan casi desapercibidos. De esos duelos que transitamos sin darnos permiso para llamarlos duelo.

Este año, mi hija del medio terminó la primaria. Y al acompañarla de cerca, al estar presente en cada preparación, en cada acto, en cada despedida, vi algo que me atravesó. La vi saltar y reír con sus amigos. Bailar como si el mundo fuera liviano. Y, de pronto, llorar. Abrazarse fuerte. Quedarse en silencio.

Ahí entendí que no solo se despedían de una escuela. Se despedían de una forma de ser niños.

Empieza ese tiempo extraño en el que ya no se es de acá ni de allá. No tan chicos, no tan grandes. Un territorio incómodo, intenso, frágil. El cuerpo cambia, las emociones se agrandan, las preguntas aparecen.

Y con eso llegan también las discusiones con madres y padres. Los enojos que no saben explicarse. Las palabras que salen torcidas. Las puertas que se cierran.

Y si soy honesta, no siempre son ellos los que se desbordan.

A veces somos nosotros.

Porque acompañar este pasaje nos enfrenta a lo que se va. A la infancia que se aleja. A la ilusión de protegerlos para siempre. A la certeza de que ya no podemos sostener todo como antes.

Ese también es un duelo.

El duelo por lo que ya no será: el aula conocida, la maestra de siempre, los recreos, la seguridad de lo familiar. Pero también el duelo por el hijo que cambia, por el vínculo que se transforma, por la etapa que se cierra sin pedir permiso.

Muchas veces estos duelos se minimizan. Se los nombra como algo “normal”. Como si lo normal no doliera. Y duele. Duele crecer. Duele soltar. Duele acompañar mientras una parte nuestra también se queda atrás.

Por eso creo profundamente en la importancia de mirar estos duelos. De no pasarlos por alto. De no apurarlos.

Acompañar no es tener respuestas. Es quedarse. Es abrazar cuando no hay palabras. Es permitir la tristeza junto con la alegría.

Porque todos los duelos merecen ser vistos. Incluso —y sobre todo— aquellos que nadie suele nombrar.

Tal vez este fin de año no sea solo un cierre. Tal vez sea una invitación a honrar todo lo que termina… y a acompañarnos, con más amor, en lo que empieza.